En este ensayo propongo reflexionar, en primer lugar, sobre la esencia de los procesos que subyacen al aprendizaje y la enseñanza, los límites de la formación virtual mal entendida y la des-humanización del proceso educativo. A continuación, defino la Pedagogía Afectiva, fundamentada en la sinergia encontrada entre neurociencia y humanismo.

Existen infraestructuras digitales dedicadas a la formación que resultan muy sostenibles y eficientes para aumentar la accesibilidad al conocimiento y la calidad en los procesos instruccionales. Sin embargo, hay competencias como la gestión emocional, la comunicación, el liderazgo, etc., que necesitamos aprender en escenarios humanizados. Gracias a ellas, la naturaleza humana y el desarrollo social se fortalecen, por lo que es imprescindible el contacto en vivo para aprenderlas. Las tecnologías nos están invadiendo, con un valor extraordinario, pero nunca sustitutivo del maestro. Como afirma Mora (2017), es su humanidad lo que puede transmitir humanidad, algo que nunca puede esperarse de una tablet. Los docentes tienen el inmenso poder y la responsabilidad de formar a los nuevos ciudadanos del mundo. Pueden avivar y estimular el talento o pueden apagarlo.

Sin embargo, la visión disgregada del conocimiento y el utilitarismo nos conducen a una concepción parcial de la educación, de su organización y del rol del docente. El aprendizaje no puede reducirse a un trasvase de información, tampoco cuando a materias puras y específicas se refiere. Los procesos educativos que transforman de modo significativo y los productos más relevantes para el avance de la humanidad no proceden de actuaciones lógicas y predecibles. Son momentos mágicos en los que algo absolutamente nuevo emerge y transforma la estructura de pensamiento previa. A nivel fisiológico, se percibe desde la aceleración del ritmo cardiaco hasta lo que se conoce como “ponerse la piel de gallina” (Harris, 2013). Y la magia se completa cuando, al compartirlo, otras personas reconocen su potencial e intensidad.

¿Qué procesos conducen a ese tipo de aprendizaje cognitivo-emocional? Aquellos en los que profesores y alumnos conectan, generando un contexto de bienestar y cercanía que les haga confiar y tener altas expectativas. Cuando profesor y alumnado sienten pasión hacia lo que están trabajando, la experiencia de los sentimientos en torno al aprendizaje es suficiente para tener una motivación duradera y generar caminos de desarrollo muy productivos. La cultura del aula, del centro educativo y por extensión del sistema, se transforma a partir de la apertura de nuevas líneas pedagógicas no deterministas, inclusivas y respetuosas.

Ningún ser humano está llamado a la mediocridad. Y el mayor impulso para desarrollar la propia grandeza es tener un maestro que crea en ella y ofrezca oportunidades para desarrollarla. Creer es la base de la motivación; para el que cree en los otros, porque le activa la voluntad de ayudarles, y para los que reciben esa mirada de confianza, de expectativa positiva. Por ello, la mayor riqueza que emerge de creer en el otro está en la relación comunicativa que se construye entre los dos.

El afecto alimenta el cerebro y asegura el aprendizaje

Las nuevas generaciones deben aprender a cuidar a las personas y al medio natural; pero sobre todo, desarrollar la voluntad para hacerlo. Por los otros y por el sistema, pero también por el egoísmo del bienestar personal. Cuando una persona se ejercita en el amor por los otros, incluso por los que no considera parecidos a sí mismo, ni dignos de dicho amor, se transforma la fisiología de su cerebro de modo que aumenta el área de la felicidad y queda menos activa la del miedo. La compasión es una competencia, es educable y tiene potencial para reestructurar el cerebro humano (Davidson and McEwen, 2012). En sintonía con esta idea, Damasio (2018) aconseja trabajar por la felicidad de otras personas para lograr nuestra propia felicidad. Ambos propósitos deben estar articulados y resultar una motivación única si realmente queremos ser felices.

¿Cómo potencian la pedagogía del cuidado y el ejercicio de la compasión nuestra capacidad de aprender? Una hermosa respuesta la encuentro en uno de mis autores favoritos, M.A. Santos Guerra (2008), cuando afirma que algunos verbos como “aprender” y “amar” no pueden conjugarse en imperativo. Por eso es fundamental despertar el amor al aprendizaje. Solo se puede aprender cuando existen emociones positivas y se es consciente de ese estado a través del sentimiento. Los neurocientíficos afirman que el cerebro es primero emocional y, después, racional. En estados de distress no hay pensamiento coherente, no hay toma de decisiones, ni memorización sólida y funcional (Mora, 2017). Aprendemos y crecemos, a nivel individual y cultural, por la capacidad plástica de nuestro cerebro de transformarse con los sentimientos positivos.

El apoyo social, el acogimiento y la confianza en las posibilidades del alumnado son factores clave para el éxito. En este sentido, los tratados clásicos sobre la influencia del refuerzo social en la percepción de autoeficacia y en el rendimiento cognitivo, como el de Bandura (1986), recuperan actualidad. Estos principios psicológicos experimentales se articulan con líneas filosóficas que añaden la axiología al proceso de socialización. El ser humano está sediento de bondad y de compasión, pero necesita convivir con ejemplos dinámicos de esas conductas para reproducirlas. El concepto clave es el de modelo social: aprendemos a actuar con conductas ejemplares a partir de modelos de conducta ejemplar (Valle, 2018).

Sin embargo, somos hijos de Aristóteles, Descartes y Kant, de la dualidad mente-cuerpo y de tantas otras corrientes filosóficas y pedagógicas que nos han educado en la separación entre razón y pasión. Esta es una de las causas del fracaso escolar, de tanto talento apagado y de que no se aproveche todo el potencial de la comunicación. Escuchar de verdad es estar plenamente presente cuando la otra persona te habla, como lo está un niño cuando le cuentan un cuento y en su mirada se observa toda su atención empapada de amor y confianza. La auténtica naturaleza de la comunicación humana reside en esa capacidad para transmitir conexión interpersonal afectiva (Damasio, 2018).

El reto transformador está en fomentar en las escuelas, como primera prioridad, la esencia natural de las relaciones sociales y la escucha desde el amor. Es urgente educar para creer en la grandeza de los otros y en lo que nos asemeja, para crear procesos pedagógicos transformadores. Estos retos conducen a reformular el rol del formador de profesorado como modelo social ejemplar para los que serán educadores. Los futuros docentes aprenden más de la relación interpersonal con sus profesores, en gran medida por inferencia inconsciente de sus modelos pedagógicos, que de sus discursos explícitos.

Mi visión profesional: Pedagogía Afectiva para formar educadores afectivos

La pedagogía afectiva tiene tanto que ver con los sentimientos y emociones como con los resultados del aprendizaje. De hecho, los sentimientos y las emociones son inseparables de los resultados de aprendizaje (Patience, 2008). ¿Qué principios son básicos para que los profesores en formación inicial lleguen a ser educadores afectivos y aviven el talento?

I. Sólo se puede humanizar el proceso educativo en la formación universitaria, si se promueven interacciones profesor-alumnos y alumnos-alumnos, que hagan a todos sentir que lo afectivo importa y que los sentimientos son la base del aprendizaje. Y al hablar de “sentir” se enfatiza la toma de conciencia del propio proceso emocional como único vehículo de bienestar efectivo. Nuestras escuelas, nuestros maestros, deben llegar a ser modelos de afectividad, empatía y compasión. La educación en toma de conciencia es clave: en admiración y gratitud hacia la naturaleza, los seres vivos, la humanidad, las personas de nuestro entorno y nosotros mismos.

II. Para que los maestros del futuro lleguen a promover en sus aulas tareas no deterministas y transformadoras, es imprescindible sustituir la visión actual de la evaluación: de la comprobación del aprendizaje a una concepción de la evaluación como motor de activación de la voluntad por aprender. Si queremos sustituir la memorización por el aprendizaje funcional y creativo, la evaluación ha de cambiar su objeto hacia la validez de los procesos de reflexión, diversificación y construcción del conocimiento. El docente, al evaluar, puede reorientar los caminos de desarrollo y generar criterios personalizados para lograr los objetivos de calidad deseables.

III. Es necesario el acompañamiento para facilitar la construcción de la identidad profesional desde la reflexión personal y profesional. La toma de conciencia sobre el desarrollo de la carrera, a nivel individual y de construcción social, es un factor imprescindible para aprender a enseñar, pero se descuida con demasiada frecuencia. La identidad docente es un proceso continuo de empoderamiento profesional, que puede potenciarse con orientación vocacional durante la formación universitaria y mediante actividades formativas de tipo competencial/reflexivo integradas en las asignaturas.

IV. Los formadores de maestros afectivos deberían diseñar su intervención con el propósito de formar a grandes artistas: en el arte de amar en las aulas. El desempeño de su vocación les honra con la capacidad de reconocer la grandeza de todos sus estudiantes y con la oportunidad de hacerles conscientes de ello. La toma de conciencia sobre lo más valioso de uno mismo es el primer paso para confiar, crecer y crear. El buen educador tiene que tener una alta competencia escénica y promover la comunicación y el dinamismo entre sus alumnos.

V. Transmitir coherencia entre el discurso formativo y el estilo docente: entre lo que decimos que hay que hacer y lo que hacemos. Podemos memorizar muchas ideas, pero sólo incorporamos a nuestro perfil aquellas a las que otorgamos sentido a partir de la vivencia. Los futuros maestros observan y valoran esa coherencia, que transfieren a su espacio personal de aprendizaje. Gracias a la Pedagogía Afectiva emerge una satisfacción mutua en el aula que transforma el proceso de enseñanza-aprendizaje en momentos de gran intensidad intelectual y emocional, en ciencia y en arte

Confiemos en el futuro profesorado. Seamos modelos sociales ejemplares para ellos y llegarán a ser buenos educadores.

Referencias

Bandura, A. (1986). Social foundations of thought and action: A social cognitive theory. Englewood Cliffs, NJ, US, Prentice Hall.

Damasio, A. (2018). El error de Descartes: la emoción, la razón y el cerebro humano. Barcelona, Ediciones Destino.

Davidson, R.J. y McEwen, B.S. (2012). Social influences on neuro-plasticity: Stress and interventions to promote well-being. Nature Neuroscience, Vol. 15, pp. 689–695.

Harris, D.E. (2013). Applying Theory to Practice: Putting Deleuze to Work. International Journal of Sociology of Education, Vol. 2, No. 2, pp. 142-166.

Mora, F. (2017). Neuroeducación, solo se puede aprender aquello que se ama. Madrid, Alianza Editorial.

Patience, A. (2008). The Art Of Loving In The Classroom: A Defence Of Affective Pedagogy. Australian Journal of Teacher Education, Vol. 33, No. 2, pp. 54-67.

Santos Guerra, M.A. (2008). La pedagogía contra Frankenstein. Y otros textos frente al desaliento educativo. Barcelona, Editorial Graó. Valle, J. (2018). Eltriunfo de la inteligencia sobre la fuerza: una ética del diálogo. Sevilla, CulBuks.