Estaba esperando a que salieran mis hijos del colegio cuando, sin pretenderlo, escuché una conversación mantenida por otras dos madres que me llevó a reflexionar en varios sentidos. Hablaban sobre la tarde que les esperaba y decidían si podrían quedar en el parque con los niños pequeños. La frase que me hizo interesarme por la conversación fue: 

  • “No creo que podamos salir esta tarde, porque tenemos muchos deberes y un control mañana de naturales”.

Pero, …¿quién tiene el control de naturales y los deberes? Lo del “tenemos” lo dijo con tanta naturalidad, que me hizo plantearme varios temas. El primero de ellos, relacionado con el hecho de que no era un caso aislado. La verdad es que no me causaba sorpresa. Cada vez hay más madres y padres que asumen las responsabilidades de sus hijos con la buena voluntad de ayudarles. Pero, ¿tan importante es llevar un trabajo perfecto, incluso por encima de las posibilidades de su edad? También es habitual sentarse a estudiar con ellos cuando son pequeños, preguntarles la lección y generar dependencia en los hijos. Luego, cuando se hacen mayores, no tienen hábito de estudio ni han adquirido estrategias. No estoy criticando la labor de las familias, no se trata de buscar culpables; sino de encontrar un equilibrio razonable y, sobre todo, de reflexionar. ¿Qué consecuencias tiene el hecho de que algunos padres y madres se autoadjudiquen la responsabilidad de las tareas escolares? ¿Se consideran también responsables de los éxitos y fracasos de sus hijos/as? ¿Hasta cuándo es pertinente y sostenible mantener esta dinámica?

Siguiendo el hilo de mi argumento, el segundo tema de mi reflexión se dirigió hacia ese sector del profesorado que continúa priorizando el aprendizaje memorístico, aumentando cada vez más los contenidos y cargando de controles a su alumnado. Muchas familias, al ser conscientes de que sus hijos/as no llegan por sí mismos con lo que hacen en clase, deciden dedicar parte de su tiempo a ser profesores particulares o les apuntan en academias. Por otro lado, algunas de las actividades que se encargan de deberes para casa necesitan bastante ayuda familiar. Por ejemplo, una tarea para niños de 7 años que implique buscar información en internet, seleccionarla y resumirla. Puesto que la tarea es realizada por la mayoría, muchas veces con un nivel de Secundaria, el docente se habitúa a poner este tipo de deberes. Y las familias a cumplir con los deberes… La pescadilla que se muerde la cola. Está claro que hay que revisar el nivel del reto y considerar las competencias que tienen los estudiantes para manejar los recursos con autonomía.

La educación colaborativa entre escuela y familia no ha de servir para incrementar el nivel académico y los contenidos. Todo lo contrario, se trata de remar en la misma dirección, con confianza mutua y respeto hacia el trabajo de la otra parte. Y, en relación a los deberes y preparación de exámenes, lo prioritario es crear las circunstancias adecuadas en casa para que el niño/a pueda aprender por sí mismo, se sienta responsable de sus realizaciones y crezca en autonomía. Algunos profesores deberían analizar el grado de ayuda que va a necesitar su alumnado para cada tarea y diseñar una breve guía de acompañamiento para las familias. Es posible que esa actividad les facilitase la toma de conciencia del proceso desde todos los roles implicados.

Por último, el tercer tema que me ha tenido más preocupada últimamente está relacionado con las consecuencias emocionales y motivacionales que tiene la realidad planteada. Porque los dilemas de muchas familias sobre la cantidad de ayuda que deberían dar y la confusión de roles respecto a la responsabilidad escolar, en ningún caso sale gratis desde el punto de vista del equilibrio afectivo. Muchas veces generan estrés y cansancio añadido a los sucesos normales que todos los adultos gestionamos habitualmente. Y cuando los resultados no son suficientemente buenos, tras asumir un papel protagonista en el proceso, pueden llegar a frustrarse, generando angustia y hasta culpa (por no haber dedicado más tiempo, por ejemplo). Se producen también conflictos en el seno familiar, discrepancias entre padre y madre, castigos y desmotivación.

Por fortuna, los menores de 9 años, aproximadamente, están protegidos de forma natural contra estas emociones negativas, debido a que sus creencias sobre la relación causa-efecto no son todavía realistas y ven el mundo con gran optimismo. Este hecho, desconocido por muchos, lleva a sobrecargar todavía más de responsabilidad a los padres y madres que, con cierta alegría pero también preocupación, ven cómo sus hijos no se muestran tan afectados como ellos por la falta de tiempo o los malos resultados. Los niños y niñas de mayor edad comienzan a razonar desde una perspectiva más realista y los sucesos les afectan más y de manera más prolongada. Pero no podemos olvidar nunca que su perspectiva es muy distinta de la nuestra. Por ello, su aprendizaje de la autonomía y de la responsabilidad debe ser muy progresivo. Recomiendo enseñarles a analizar y aprovechar los errores, sin cargarles con la losa de la culpabilidad en ningún caso.

Cuando el rol de la responsabilidad sobre las tareas escolares lo asumen padres y madres, siendo que pertenece a los estudiantes, se rompe además el triángulo que relaciona las acciones, los pensamientos y las emociones. Este sencillo esquema nos permite comprender que lo que hacemos, pensamos y sentimos está vinculado, aunque no nos demos cuenta de ello. Si nuestros hijos tienen buenas calificaciones y están felices por ello, pero el proceso de la acción no lo han vivido con autonomía, adquieren una costumbre peligrosa: “para sacar buenas notas necesito tener a mi madre al lado”. Ese es el pensamiento, generalmente inconsciente, que lleva a mantener la situación. Y la costumbre se vuelve necesidad, como suele pasar con tantas otras cosas. Por otro lado, cuando las calificaciones no son buenas, aunque el estudiante no está contento, tampoco se siente responsable del proceso de la acción y la consecuencia aquí aún puede ser peor: “tampoco se hunde el mundo, total, el esfuerzo no ha sido para tanto”. Un pensamiento de este tipo puede asegurar el conformismo y no conduce a la mejora.

Deseo proponer un sencillo ejercicio para comprender el inmenso poder que tienen algunas palabras de nuestras conversaciones cotidianas. Respecto a los deberes, propongo analizar qué verbos utilizan nuestros hijos/as, alumnado y nosotros mismos. También interesa saber cómo conjugamos esos verbos. ¿Escuchamos más “me han mandado” o “tengo que hacer”? Lo segundo es un primer paso para asumir la autonomía en la tarea. ¿Decimos más “tenemos que repasar…” o “tienes que repasar…”? En la segunda opción se deja claro quién tiene que hacerlo. Por otro lado, ¿es más frecuente dar órdenes o hacer propuestas con cierta flexibilidad? Por ejemplo, “siéntate y léelo otra vez” o “¿podrías buscar un sitio donde te apetezca leer el tema de nuevo?” Está claro que la segunda opción invita, al menos, al diálogo. Y seguramente a que se lea el tema, satisfecho además por poder elegir el sitio. Con la toma de conciencia sobre lo que decimos y hacemos, podemos lograr un equilibrio en el acompañamiento de nuestros hijos e hijas que sea más provechoso a largo plazo y mucho más saludable para todos.